lunes, 4 de enero de 2010

Recordar, recordado, recordando. Al fin y al cabo, recuerdos.

Dicen que es muy bonito mirar atrás en el tiempo y sonreír. Poder acordarte de lo feliz que eras cuando él te miraba y, entre susurros, te decía: “te quiero; eres preciosa; me encantas; eres mi vida”. Esos paseos por el centro de la ciudad cogidos de la mano, sin pensar en nada más que el uno en el otro. Aquellas tardes tumbados en la hierba, pensando que no existe un lugar mejor en el mundo que ahí, a su lado, y saber que tú lo tenías y podías disfrutarlo. Ese roce de vuestros labios, ese momento que se convierte en algo completamente mágico entre los dos. Suena bonito, ¿verdad? Pues, cómo no, también hay una parte amarga, que es donde estoy yo. Cuando no tienes esos recuerdos se pasa mal, muy mal. Miras atrás y te acuerdas de lo feliz que eras cuando te daba un abrazo porque sí, pero sabías en el fondo que no había sentimiento alguno. Al despedirse en el msn, eras feliz si te ponia un simple "(L)", acompañado o no de un te quiero, aunque eras consciente de que sólo eran palabras. Y así podría escribir 1001 momentos en los que era mínimamente feliz, pero ¿para qué? Si alguna vez has querido a alguien, aparta un momento los ojos del texto y mira en tu cabeza, ahí están los momentos que faltan. ¿Los ves? Ahora ya sabes a lo que me refiero.
Pues creo que de esos recuerdos, tengo para rato. Estamos a 4 de enero de 2010, y hoy llevo exactamente 82 días queriéndole en vano. Ochenta y dos días acumulando recuerdos, pequeñas cosas que él ha olvidado, pero que son las que a mí me llenan en mi día a día, y hacen que no me derrumbe hasta caer y no levantarme del suelo, donde algún día nos sentaremos juntos queriéndolos el uno al otro.
P.D.: ¿He dicho ya que me gusta vivir de ilusiones?

No hay comentarios:

Publicar un comentario