jueves, 31 de diciembre de 2009

I like it,

- Me gustan los abrazos.
- Me gusta cantar.
- Creer que canto bien.
- Mirar por la ventana.
- Soñar despierta.
- Recordar los sueños de la noche anterior.
- Buscar un final para ellos.
- Escribir.
- Los tacones.
- Los corazones.
- Pasear. Que no caminar.
- Hacerme fotos.
- Dejar que me hagan fotos.
- Mirarme al espejo.
- Bailar cuando no me mira nadie.
- Imaginar.
- Llorar durante media película.
- Los colores que me transmiten tranquilidad.
- Observar a las parejas felices.
- Pensar que, dentro de poco, yo seré parte de una de esas parejas.
- Escucharle.
- Que me escuche.
- Las sensaciones fuertes.
- Las muestras de cariño.
- Ese olor. SU OLOR.
- La arena del mar.
- El olor a vainilla, o a café recién hecho.
- Los pinta uñas con colores fuertes.
- Mis 9 niñas, las mejores amigas que encontrarías nunca.
- Mis Sáh.
- Los pendientes.
- Los anillos.
- Ponerme los anillos de mis amigos.
- Correr porque sí.
- Saltar en medio del pasillo, y que la gente me mire raro.
- Sentirme bien. Que me hagan sentir bien.
- Querer.
- Que me quieran.
- Las rosas.
- Los claveles.
- Todo tipo de flores rojas, rosas o blancas.
- Los altavoces a todo volumen.
- Los vídeos que me hacen reír.
- Los textos que me hacen llorar.
Pero, ¿sabéis lo que me gusta con todas mis fuerzas? Él. Y no, no puedo evitarlo. Aunque quiera. Aunque lo intente. Aunque duela.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

¿Por qué le quiero?

Como siempre, voy dando una vuelta con unos amigos. Como siempre, en algún momento de la conversación, no puedo evitar hablar de él. Hasta ahora todo era como siempre, como suelen ser las tardes desde que él apareció en mi vida para quedarse una temporada. Pero, en el momento en que yo hablaba de él, uno de mis amigos me hizo una pregunta que nunca me habían hecho antes, que todavía no sé contestar con certeza. "¿Qué le ves?", me dijo. Se me pasaron tantas cosas por la cabeza... Ellos, al no contestar, pensaron que ni yo misma sabía qué le había visto, que no sabía porqué le quería, o que simplemente no quería contestar. En realidad, sabía perfectamente qué fue lo que me enamoró de él, pero no encontraba las palabras necesarias. "¡Excusas, no nos lo quieres decir!", me repitieron una y otra vez. No era una excusa, en mi mente estaba la respuesta, pero no sabía cómo expresarla con palabras.
Siempre que me había gustado un chico, en algún momento me habían hecho esa pregunta, y todas las veces supe contestar. Pero, ¿por qué esta vez era distinto? ¿Porqué no supe contestar?
No le quiero por su pelo. No le quiero por sus ojos azules. No le quiero por su físico. Tampoco le quiero por su forma de ser. No le quiero por algo en concreto, sino por ser él.
Cuando estoy haciendo cualquier cosa y no sé que él está cerca y, de repente, noto su olor, la manera en la que se me acelera el corazón y se me forma un nudo en el estómago. Lo bien que me siento cuando estoy con él, cuando me hace reír, incluso cuando se mete conmigo de bromas. Cuando estoy deprimida por algo y nadie puede hacer que deje de llorar, entonces me siento en mi pupitre y él se queda a mi lado, y me transmite una tranquilidad que nadie más me había transmitido. Él hace que yo quiera ser mejor, que me proponga estar guapa cada día, que no me rinda al luchar por convertirme en la persona que quiero ser.
Suena cursi, pero no hay más, ¡es único! Mucha gente piensa que es inmaduro, rancio, borde, insoportable. Pero eso sólo es su comportamiento con los demás. Estoy con él 25 horas semanales, y no es así. Es totalmente lo contrario, es responsable, atento, inteligente, cariñoso, se preocupa por sus amigos... Es todo lo que en mis sueños deseaba. Es lo que crea mi felicidad. Es Es quien me da fuerzas. Es quien me hace pensar en positivo cuando lo veo todo negro. Es... es él.

Como se puede comprobar con este texto, sigo sin saber responder a la pregunta, pero sólo sé que lo que siento por él esta vez es fuerte. Es la fuente de mi energía, lo que me da fuerzas para luchar por lo que quiero... la persona que me podría dar la felicidad completa si él quisiera.

Si volvieran a hacerme esa pregunta, buscaría una respuesta corta, más o menos parecida a ésta.
"Cuando nacemos, nos dan un corazón, pero nos lo dan incompleto para que lo vayamos llenando, para que busquemos las piezas que encajan y lo completan, ¡exactamente como un puzzle! Yo lo he llenado con mi familia, con mis amigos, mis amigas, con las cosas que me gustan y personas a las que quiero, aprendiendo a quererme a mí misma, pero hay un trocito del puzzle que todavía sigue vacío. Ahora sé que él es la pieza que completa mi felicidad."

sábado, 26 de diciembre de 2009

Mi mejor regalo de navidad.

La plaza del centro de la ciudad. Día, 23 de diciembre. Hora, las seis de la tarde. Como es invierno, ya ha oscurecido. En el cielo, pero no todavía en mi corazón. Me quedaban unos minutos. Sabía que era la hora de despedirnos. Estábamos todos los que habíamos pasado la tarde, los siete; pero a mí solo me importaba uno... él.
Era consciente de que esos eran los últimos minutos que le iba a ver, posiblemente hasta que volviera a empezar el instituto el 8 de enero. Contados: 15 días sin verle. ¡Dios, una eternidad! Él está abrazando a una de nuestras amigas, despidiéndose, mientras yo me despido de los demás. Él es el último que me queda para despedirme; retrasaba todo lo que podía ese momento, pero había llegado. Le miré, y me tendió los brazos para que le diera un abrazo. Una parte de mí estaba triste por el tiempo que me esperaba sin saber de él, pero la otra estaba contenta: había esperado tantísimas veces el momento en el que él me pidiera un abrazo... y por fin lo había echo, ¡me había tendido los brazos a mí! Aunque posiblemente sólo fuera por educación, para mí eso lo fue todo.
Sin dudarlo un momento, le pasé mis brazos por detrás del cuello para darle el abrazo más dulce que supiera, con intención de que lo recordara estos 15 días, pero en el fondo sabiendo que en 15 minutos lo olvidaría. Él me pasó sus brazos por la cintura, un gesto tan normal de un abrazo entre amigos, pero tan especial para mí. No quería soltarle, quería parar el tiempo y quedarme así toda la vida. Apreté un poco más mi cuerpo contra el suyo, con sutileza para que no quisiera apartarse. En ese momento, lo hizo... Me dió un beso en la mejilla. Pero no de esos besos que duran una milésima de segundo, como cuando saludas a alguien que no conoces casi de nada. Fue un beso con cariño; no lo hizo por hacer, sino porque quería dármelo. Me hizo feliz, y no sabía hasta que punto. Ni siquiera rozó mis labios, solo mi mejilla, pero no esperaba que lo hiciera, me pilló completamente desprevenida y... me convirtió por segundos en la persona más feliz.
No pude evitar sonreír, y al momento le devolví el beso. El contacto de mis labios con la suave piel de su mejilla casi me hizo perder el control y gritarle ahí en medio: ¡quiero que lo sepas ya, te quiero! Pero, justo cuando yo me sumergí en mis pensamientos, él me sacó de ellos.
- Te voy a echar de menos.
¿De verdad me había dicho eso, o me lo había imaginado? No, fue real, lo dijo, a mí. Si él supiera de verdad lo que yo le echaría de menos... Nos apartamos, y le miré; sabía que no debía hacerlo, ya que iba a perderme en sus ojos y me costaba quitarle la mirada, pero lo hize, ¡a la porra todo! Él me miró, y le sonreí. Apartó la vista de mí para mirar a los demás, y yo hize lo mismo.
Él no fue consciente, pero ese beso en la mejilla justo en la despedida, fue el mejor regalo que yo podía recibir en navidad.

(tantas sensaciones en 2'30 minutos que duró aquel abrazo, pero que en mi mente durará por un tiempo eterno.)

martes, 22 de diciembre de 2009

Es duro.

Sí, es difícil. Ver de lunes a viernes cómo te acercas a otras dándoles el cariño que antes me dabas a mí, es duro. Me cuesta no llorar cuando estás hablando conmigo, sonriéndome, riendo, y de repente pasa ella y me olvidas. ¿Quién soy yo, cuando hay otra con mejor cuerpo cerca? Nadie, no existo. Aunque no lo creas, se me hace bastante duro. Sé que puedes pensar que no tengo motivos para sentirme así. No eres mi ex, no he salido nunca contigo. Ni me has besado. Ni siquiera has llegado a quererme, o hemos sido mejores amigos de los que quedan día sí y día también. Por no ser, ni siquiera hemos quedado solos afuera del colegio. Pero, no me preguntes porqué, se me hace insoportable. Alomejor es a eso a lo que llaman amor, no lo sé. Lo único que te puedo confirmar es que esto es muy duro. Tener que aguantárme las lágrimas cuando veo que estás con ella abrazado, justo como lo estabas antes conmigo. Ver cómo ahora ya no estamos apoyados el uno en el otro en las clases, jugando a tonterías, o escribiéndonos estupideces en nuestras manos en las que yo llevaba tu anillo, porque tú me lo dejabas siempre. ¿Porqué se acabó? ¿Quién tiene la culpa, tú o yo? Quizá ninguno de los dos. A veces suceden cosas y nadie tiene la culpa. La felicidad no es eterna, ¿sabes? Y a mí se me acabó hace unas semanas, cuando no sé qué pasó.
Antes de todo esto, llegaba a las ocho de la mañana y me saludabas o me dabas un abrazo. Entre clase y clase, estábamos abrazados, jugando, buscándonos las cosquillas o simplemente riendo. Si había alguna actividad como ir a ver una exposición o algo así, tú siempre estabas a mi lado. Solías sonreírme sin motivo cuando me veías por los pasillos, aunque estuvieras con tus amigos. Esa sonrisa, ese pequeño gesto insignificante, a mí me hacía feliz. Era totalmente consciente de que no me querías como nada más que una amiga, pero almenos tenía la certeza de que te importaba un poco. Aunque sólo fuera poco. Pero esa certeza se me acabó.
Antes, incluso todo el mundo nos preguntaba si estábamos saliendo juntos, si había algo entre nosotros, imagínate si nos llevabamos bien. ¿Quizá será por eso que te distanciaste de mí, por los rumores de la gente? Ahora se me han acabado tus dosis de cariño. Te pido el anillo para llevarlo una clase, y me dices que no. Te voy a dar un abrazo, y no pones de tu parte. Me ves llegar a las ocho de la mañana, porque sé que me ves aunque te hagas el despistado, y apartas la mirada de mí sin siquiera sonreír.
Seguimos sentándonos juntos en todas las clases, pero ahora no es como antes. Yo pensaba que estabas ahí porque querías, es decir, que si te decían de cambiarte de sitio dirías que no, para quedarte conmigo. Ahora, tengo la sensación de que, si pudieras, huirías de mi lado. No tengo ni idea de qué ha pasado para que ahora entre nosotros todo sea así, pero solo sé que no soy todo lo feliz que podría ser.
Si no he muerto ya desangrada por esta herida, es porque sigues estando a mi lado en las clases, 25'30 horas semanales exactamente. El roce de nuestros brazos en todas las clases me hace algo parecido a feliz, no sabes hasta qué punto, pero ahora me invade el miedo de que eso también se acabe, como se acabó todo lo demás. El tiempo supongo que decidirá. De lo que estaba en mi mano, ya lo he dado todo, ahora, faltas tú.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Por algo se empieza.

Todo blog tiene su entrada de bienvenida, ¿verdad? Ésta es la mía.
Cuando vayas a leer este blog, olvídate de la frase "son como dos gotas de agua". Cada segundo, cada gota que forma la vida es distinta, tiene una forma propia, un color, un sabor, incluso una textura única. Así que, gota a gota, en este blog va a haber pequeños retales de una vida; en concreto, de la mía. Solo me queda decir que gracias por invertir unas cuantas gotitas de tu vida aquí.
Como no sé qué más decir, ¡fin!