La plaza del centro de la ciudad. Día, 23 de diciembre. Hora, las seis de la tarde. Como es invierno, ya ha oscurecido. En el cielo, pero no todavía en mi corazón. Me quedaban unos minutos. Sabía que era la hora de despedirnos. Estábamos todos los que habíamos pasado la tarde, los siete; pero a mí solo me importaba uno... él.
Era consciente de que esos eran los últimos minutos que le iba a ver, posiblemente hasta que volviera a empezar el instituto el 8 de enero. Contados: 15 días sin verle. ¡Dios, una eternidad! Él está abrazando a una de nuestras amigas, despidiéndose, mientras yo me despido de los demás. Él es el último que me queda para despedirme; retrasaba todo lo que podía ese momento, pero había llegado. Le miré, y me tendió los brazos para que le diera un abrazo. Una parte de mí estaba triste por el tiempo que me esperaba sin saber de él, pero la otra estaba contenta: había esperado tantísimas veces el momento en el que él me pidiera un abrazo... y por fin lo había echo, ¡me había tendido los brazos a mí! Aunque posiblemente sólo fuera por educación, para mí eso lo fue todo.
Sin dudarlo un momento, le pasé mis brazos por detrás del cuello para darle el abrazo más dulce que supiera, con intención de que lo recordara estos 15 días, pero en el fondo sabiendo que en 15 minutos lo olvidaría. Él me pasó sus brazos por la cintura, un gesto tan normal de un abrazo entre amigos, pero tan especial para mí. No quería soltarle, quería parar el tiempo y quedarme así toda la vida. Apreté un poco más mi cuerpo contra el suyo, con sutileza para que no quisiera apartarse. En ese momento, lo hizo... Me dió un beso en la mejilla. Pero no de esos besos que duran una milésima de segundo, como cuando saludas a alguien que no conoces casi de nada. Fue un beso con cariño; no lo hizo por hacer, sino porque quería dármelo. Me hizo feliz, y no sabía hasta que punto. Ni siquiera rozó mis labios, solo mi mejilla, pero no esperaba que lo hiciera, me pilló completamente desprevenida y... me convirtió por segundos en la persona más feliz.
No pude evitar sonreír, y al momento le devolví el beso. El contacto de mis labios con la suave piel de su mejilla casi me hizo perder el control y gritarle ahí en medio: ¡quiero que lo sepas ya, te quiero! Pero, justo cuando yo me sumergí en mis pensamientos, él me sacó de ellos.
- Te voy a echar de menos.
¿De verdad me había dicho eso, o me lo había imaginado? No, fue real, lo dijo, a mí. Si él supiera de verdad lo que yo le echaría de menos... Nos apartamos, y le miré; sabía que no debía hacerlo, ya que iba a perderme en sus ojos y me costaba quitarle la mirada, pero lo hize, ¡a la porra todo! Él me miró, y le sonreí. Apartó la vista de mí para mirar a los demás, y yo hize lo mismo.
Él no fue consciente, pero ese beso en la mejilla justo en la despedida, fue el mejor regalo que yo podía recibir en navidad.
(tantas sensaciones en 2'30 minutos que duró aquel abrazo, pero que en mi mente durará por un tiempo eterno.)
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